
Vuelvo a mis poemas viejos con la mirada de quien busca lo nuevo en lo pasado. No nado; sobrevuelo naderías, impulsos, arrebatos coléricos y estúpidas resignaciones que ahora se desmontan y caen. Ley de gravedad, le dicen. Yo le llamo vida.
No se trata de cambiar, simplemente. Se trata de integrar los cambios. Se trata de ser consciente de ellos y de sus consecuencias. Lo inconsciente es natural. Lo natural es cíclico. Se cambia aunque no se desee, aunque exista el miedo ante la fuerza de la dinámica. Está dado.
Miro esas letras y a la que fui en ellas y encuentro cosas que me gustan y cosas que me desagradan. Sobre las últimas tal vez convenga hacer un par de anotaciones: 1) ¿era necesario hacer las cosas de esa manera? ¿decir de esa forma? ¿expugnar hacia dentro, digamos, con cierta crueldad, indolencia, desfachatez consigo misma? R.: Quizás. Lo cierto es que en ese momento, fue la forma. 2) ¿era yo la que se desnudaba ahí? ¿lo más profundo de lo que me atormentaba? ¿the dark side of the moon? R.: sí y no. Era y no era. Sólo una parte de mí, la que se fue diluyendo hasta doler menos, hasta doler de otro modo.
La vuelta de página deja atrás no sólo las palabras. De pronto me doy cuenta que eso es lo menos importante; que eso era una vía de expresión válida como cualquier otra. La vuelta de página deja atrás a esa niña tullida, la que aparece en mis poemas viejos. Tullida no por lisiada sino por temerosa. También deja en su sitio a una mujer resignada a muchas cosas producto de un cansancio crónico que, en el fondo, esconde -a medias- cierta desesperanza. Su cara b sería el arrebato, la cólera, el rostro femenino de la ira impulsiva y desmedida, que impresionó a muchos, sí, pero a la larga sólo generaba una barrera difícil de sortear. Un escudo.
De lo reciclable (de pronto y hasta cabe la ecología en esto), rescataría esa fuerza que tengo cuando no la sospecho (al decir de O.). La lucidez; su dolorosa compañía, las decisiones que ayuda a sostener. Me sigue cayendo bien la terquedad. Y cierta forma de impulsividad que ahora asumo como algo juvenil, incluso tonto, pero rico. Un defecto que disfruto de mí, porque no soy precisamente toda angelical. Tengo mis momentos de libélula y mis momentos de lucifer. Reciclo además la velada necesidad de protección. La ausencia de dulzura y cariño que, precisamente por eso, los hacen presentes.
En mi cuadro ecológico tendría que darles la vuelta. Descomponer lo podrido para alimentarme y luego... Sí, necesito mi vía de expresión. Es un hecho. Y si esto fuera un comienzo, ¿de qué lo sería? Si esto fuese alimento, ¿para quién?
Hoy, creo que sólo puedo obtener certezas de lo andado. Hasta cierto punto, digamos. Por lo tanto: il viaggio è il viaggiatore. Ciao, Oltre. No retrasaré más mi viaje.
No se trata de cambiar, simplemente. Se trata de integrar los cambios. Se trata de ser consciente de ellos y de sus consecuencias. Lo inconsciente es natural. Lo natural es cíclico. Se cambia aunque no se desee, aunque exista el miedo ante la fuerza de la dinámica. Está dado.
Miro esas letras y a la que fui en ellas y encuentro cosas que me gustan y cosas que me desagradan. Sobre las últimas tal vez convenga hacer un par de anotaciones: 1) ¿era necesario hacer las cosas de esa manera? ¿decir de esa forma? ¿expugnar hacia dentro, digamos, con cierta crueldad, indolencia, desfachatez consigo misma? R.: Quizás. Lo cierto es que en ese momento, fue la forma. 2) ¿era yo la que se desnudaba ahí? ¿lo más profundo de lo que me atormentaba? ¿the dark side of the moon? R.: sí y no. Era y no era. Sólo una parte de mí, la que se fue diluyendo hasta doler menos, hasta doler de otro modo.
La vuelta de página deja atrás no sólo las palabras. De pronto me doy cuenta que eso es lo menos importante; que eso era una vía de expresión válida como cualquier otra. La vuelta de página deja atrás a esa niña tullida, la que aparece en mis poemas viejos. Tullida no por lisiada sino por temerosa. También deja en su sitio a una mujer resignada a muchas cosas producto de un cansancio crónico que, en el fondo, esconde -a medias- cierta desesperanza. Su cara b sería el arrebato, la cólera, el rostro femenino de la ira impulsiva y desmedida, que impresionó a muchos, sí, pero a la larga sólo generaba una barrera difícil de sortear. Un escudo.
De lo reciclable (de pronto y hasta cabe la ecología en esto), rescataría esa fuerza que tengo cuando no la sospecho (al decir de O.). La lucidez; su dolorosa compañía, las decisiones que ayuda a sostener. Me sigue cayendo bien la terquedad. Y cierta forma de impulsividad que ahora asumo como algo juvenil, incluso tonto, pero rico. Un defecto que disfruto de mí, porque no soy precisamente toda angelical. Tengo mis momentos de libélula y mis momentos de lucifer. Reciclo además la velada necesidad de protección. La ausencia de dulzura y cariño que, precisamente por eso, los hacen presentes.
En mi cuadro ecológico tendría que darles la vuelta. Descomponer lo podrido para alimentarme y luego... Sí, necesito mi vía de expresión. Es un hecho. Y si esto fuera un comienzo, ¿de qué lo sería? Si esto fuese alimento, ¿para quién?
Hoy, creo que sólo puedo obtener certezas de lo andado. Hasta cierto punto, digamos. Por lo tanto: il viaggio è il viaggiatore. Ciao, Oltre. No retrasaré más mi viaje.