Dice Andrea que la sala estaba repleta, pero que si hubiera llegado a las 20.00 horas igual habría entrado.
Dice que él se veía hermoso; concentrado en su lectura y los acordes de su guitarra, simple compañía. Dice que su voz era magnífica, que llenaba todos los espacios con su diafanidad.
Dice que cantó e intercaló poemas por una hora y que esa hora fue corta, demasiado corta.
Dice que los poemas eran sutiles, como todo él.
Yo, sólo veo la foto. Y le creo.