A seis meses del inicio de este dos mil nueve, todo parece fraccionarse por la mitad.
jueves, julio 02, 2009
domingo, junio 21, 2009
Lista de cosas que detesto I
domingo, junio 21, 2009
(a manera de exhorcismo, por ahora)
- Los domingos.
- El café aguado o demasiado dulce.
- El olor a "guatitas" y el de las carnicerías, en general.
- Los minutos de prisa por llegar al terminal de buses sin que me deje el Andimar de las siete am.
- Los lápices grafito.
- La estufa eléctrica que no calefacciona NADA.
- La distancia (ya tú sabes).
- La gente que no es decente con su trabajo.
- La lluvia ácida de Santiago.
- La falta de mar de Santiago.
- La contaminación de Santiago.
- La burrocracia.
- Las películas dobladas al español por voces ezpañolaz.
- El reggeatón.
viernes, mayo 01, 2009
Griposa
viernes, mayo 01, 2009
Hice un almuerzo rápido y ligerito y renové mi jarra de té. Me quedé tres horas mirando al limbo desde el comedor y luego otra hora durmiendo. Pensé que podría leer, pero no.
Uno a veces desea estar enfermo para dormir las horas que los días no regalan, o para leer los libros que llevan años en la lista de pendientes. Estúpida fantasía, porque es que hay que saber estar enfermo, y yo no sé. Quiero tener el mismo ánimo de siempre y resulta que la cosa sólo da para dormir y sonarse la nariz como posesa.
El espejo me devuelve los ojos vidriosos e hinchados, y el aspecto de un Rudolph cualquiera. Más encima, la gente que me ha hablado por teléfono tiene el poco tino de hacer chiste: "¿no te habrás pegado la influenza porcina por ahí?, entre tanto paseo por el hospital... jaja!?".
Imagínate. Primer caso en el país. Claro, yo daría una entrevista con todo y frasecita para los medios: ¿y la vacuna cuándo por estos lados? ¡Soy muy joven para morir! (llanto incluido).
Y así con mayo.
lunes, marzo 02, 2009
O-marzitis
lunes, marzo 02, 2009
Después de Febrero, Marzo. Y bueno, lo que todos ya sabemos en este país: clases, pago de matrículas, nuevas inserciones laborales, hora de resolver cosas pendientes del período anterior, toma de decisiones, término de las vacaciones, petición de préstamos si no alcanza el dinero, ciao ciao calor veraniego, playa, gafas de sol.
Sin tregua, Marzo anuncia que la vida debe continuar. O seguir continuando, para algunos.
El año pasado, por estos días, hubo en Santiago de Chile una tormenta eléctrica espectacular. Lo recuerdo perfectamente, porque iba a una obra de teatro con mi carissima Alejandra, una amiga ecuatoriana. Ya en el metro, entendimos que el panorama debía cambiar ya que la puesta en escena era al aire libre, y el aire estaba ocupado, digamos, por la lluvia.
Las mujeres, aún calzando sandalias y demás zapatos abiertos, lucían desastrosas. Nadie tenía un puto paragüas, y eso que aquí es un negoción venderlos cuando caen dos goteras. A mí todo eso me causaba mucha risa. Estaba feliz, sencillamente.
Alejandra y yo decidimos ir a su casa (en aquel tiempo ella estaba viviendo con unas gringas simpáticas y yo no conocía el departamento, así que me pareció buena idea ir allá). Pasamos a un supermercado de Estación Central y compramos frutas y comida para regalonearnos. Recuerdo que estaba comenzando a cargar las bolsas, cuando sonó mi celular: era D. B. llamándome desde Guayaquil.
Lo cierto es que no le entendí ni la mitad de lo que dijo, porque en ese momento la lluvia se tornó más intensa. La gente corría hasta los aleros de las tiendas, intentando acampar. Yo miré a Ale, y de un salto nos sumergimos en la marea y corrimos hasta el paradero. Transantiago apañó, y nos subimos en una 427 que llegaba hasta Las Condes.
Aquí en Santiago, una lluvia así es capaz de generar una fraternidad jamás vista. La gente hasta se sonríe, por lo bajo, y todos son condescendientes con los look de los otros. No importa que estemos despeinados, con la pintura de ojos corrida y las sandalias empapadas. Total, "son cosas que pasan", cuando llueve así, después de los treinta y tantos grados del verano. Hasta los choferes de micro perdonan el que uno sea torpe y demore en bajar o subir, y algunos incluso colaboran: intentan dejarlo a uno en un lugar que no sea un charco de agua, para bajarse. Todo un acontecimiento.
Pero ni así la gente es feliz. La solidaridad se establece por las quejas que todos comparten y que terminan con un "no quiero que llegue el invierno". Pendejos. No piensan que al día siguiente, después de una lluvia así, ¡se ve la cordillera de fondo en la ciudad! ¡Se respira aire! El smog desaparece al menos veinte horas. Los bomberos dormirán tranquilos porque no habrá incendios. Los lanza están buscando robarse un paraguas y no una cartera. Los jóvenes llegarán a tomarse una sopa a la casa y no irán a tomar chelas hasta quedar botados en algún carrete.
Yo creo que aquí la gente no sabe lo que es la tranquilidad. Igual yo recuerdo ese día, cuando la micro cruzaba la Alameda a la altura de La Moneda y sonó un estruendo fuertísimo. Un chico atrás mío dijo "pedazo de trueno, weón". En efecto, la luz del rayo no se hizo esperar. La gente temblaba a cada sonido atronador y hasta se levantaban de los asientos al ver las luces de los relámpagos tan cerca, iluminando la micro.
En el paradero siguiente, de Universidad de Chile, se subieron unos cantaores populares. Mojados hasta el alma, igual ofrecieron su música entonando dos guitarras. Ale y yo, que compartimos buena parte de esos gustos, nos miramos felices. "En un pueblo olvidado no sé por qué..."; nosotras cantábamos con los chiquillos, el negro José y el repique de la lluvia en el cemento. Pero lo mejor vino después: "Aprieto firme mi mano y hundo el arado en la tierra hace años que llevo en ella ¿cómo no estar agotado?". Nos tuvimos que bajar antes que la canción terminase, pero la cantamos hasta el final.
Ayer, parecía que una tormenta eléctrica estaba naciendo sobre nuestras cabezas. Pero no. El cielo se contuvo. Hacía frío y cayó una leve llovizna, pero nada más. Yo recordaba la tormenta del año pasado y luego a cierta persona que tiene miedo de ellas. O-marzitis, pues.
No hubo tormentas eléctricas, pero escuché su voz. La felicidad fue la misma.
Sin tregua, Marzo anuncia que la vida debe continuar. O seguir continuando, para algunos.
El año pasado, por estos días, hubo en Santiago de Chile una tormenta eléctrica espectacular. Lo recuerdo perfectamente, porque iba a una obra de teatro con mi carissima Alejandra, una amiga ecuatoriana. Ya en el metro, entendimos que el panorama debía cambiar ya que la puesta en escena era al aire libre, y el aire estaba ocupado, digamos, por la lluvia.
Las mujeres, aún calzando sandalias y demás zapatos abiertos, lucían desastrosas. Nadie tenía un puto paragüas, y eso que aquí es un negoción venderlos cuando caen dos goteras. A mí todo eso me causaba mucha risa. Estaba feliz, sencillamente.
Alejandra y yo decidimos ir a su casa (en aquel tiempo ella estaba viviendo con unas gringas simpáticas y yo no conocía el departamento, así que me pareció buena idea ir allá). Pasamos a un supermercado de Estación Central y compramos frutas y comida para regalonearnos. Recuerdo que estaba comenzando a cargar las bolsas, cuando sonó mi celular: era D. B. llamándome desde Guayaquil.
Lo cierto es que no le entendí ni la mitad de lo que dijo, porque en ese momento la lluvia se tornó más intensa. La gente corría hasta los aleros de las tiendas, intentando acampar. Yo miré a Ale, y de un salto nos sumergimos en la marea y corrimos hasta el paradero. Transantiago apañó, y nos subimos en una 427 que llegaba hasta Las Condes.
Aquí en Santiago, una lluvia así es capaz de generar una fraternidad jamás vista. La gente hasta se sonríe, por lo bajo, y todos son condescendientes con los look de los otros. No importa que estemos despeinados, con la pintura de ojos corrida y las sandalias empapadas. Total, "son cosas que pasan", cuando llueve así, después de los treinta y tantos grados del verano. Hasta los choferes de micro perdonan el que uno sea torpe y demore en bajar o subir, y algunos incluso colaboran: intentan dejarlo a uno en un lugar que no sea un charco de agua, para bajarse. Todo un acontecimiento.
Pero ni así la gente es feliz. La solidaridad se establece por las quejas que todos comparten y que terminan con un "no quiero que llegue el invierno". Pendejos. No piensan que al día siguiente, después de una lluvia así, ¡se ve la cordillera de fondo en la ciudad! ¡Se respira aire! El smog desaparece al menos veinte horas. Los bomberos dormirán tranquilos porque no habrá incendios. Los lanza están buscando robarse un paraguas y no una cartera. Los jóvenes llegarán a tomarse una sopa a la casa y no irán a tomar chelas hasta quedar botados en algún carrete.
Yo creo que aquí la gente no sabe lo que es la tranquilidad. Igual yo recuerdo ese día, cuando la micro cruzaba la Alameda a la altura de La Moneda y sonó un estruendo fuertísimo. Un chico atrás mío dijo "pedazo de trueno, weón". En efecto, la luz del rayo no se hizo esperar. La gente temblaba a cada sonido atronador y hasta se levantaban de los asientos al ver las luces de los relámpagos tan cerca, iluminando la micro.
En el paradero siguiente, de Universidad de Chile, se subieron unos cantaores populares. Mojados hasta el alma, igual ofrecieron su música entonando dos guitarras. Ale y yo, que compartimos buena parte de esos gustos, nos miramos felices. "En un pueblo olvidado no sé por qué..."; nosotras cantábamos con los chiquillos, el negro José y el repique de la lluvia en el cemento. Pero lo mejor vino después: "Aprieto firme mi mano y hundo el arado en la tierra hace años que llevo en ella ¿cómo no estar agotado?". Nos tuvimos que bajar antes que la canción terminase, pero la cantamos hasta el final.
Ayer, parecía que una tormenta eléctrica estaba naciendo sobre nuestras cabezas. Pero no. El cielo se contuvo. Hacía frío y cayó una leve llovizna, pero nada más. Yo recordaba la tormenta del año pasado y luego a cierta persona que tiene miedo de ellas. O-marzitis, pues.
No hubo tormentas eléctricas, pero escuché su voz. La felicidad fue la misma.
domingo, febrero 08, 2009
Proyecto febrero
domingo, febrero 08, 2009
domingo, enero 18, 2009
El séptimo sello y otras hierbas
domingo, enero 18, 2009
Blancos y negros, el tablero de ajedrez, el rostro de la Parca y los intentos del protagonista por encontrar un sentido o, al menos, una respuesta, van cobrando fuerza en la medida en que el panorama social se devela. La peste negra sería entonces una amenaza y un espejo, mostrándole a las personas su miedo más grande y la incertidumbre más completa.
Me siento fascinada por la espantosa omnipresencia de la Parca, por su talante pletórico de ironía y desprecio, sabedora de su facultad de impostergable. Lo pienso sobretodo en la penúltima escena: mientras se encuentran en la mesa, llega la Muerte y los enfrenta. Los personajes van presentándose uno a uno, y luego, a seguirla. Me digo entonces que sí, efectivamente, nada es menos absoluto que la muerte.
Hoy, una buena amiga dice que lo único que le queda es el dolor y la rabia. Entonces, le digo, lo que sigue es drenar. Drenar no más. Quizá el dolor -¿como el amor?- sea otro absoluto.
sábado, enero 17, 2009
viernes, enero 16, 2009
lunes, enero 12, 2009
Para el 2009
lunes, enero 12, 2009
Ideas como géisers, con su respectiva columna de agua caliente y vapor. Secretos de diferentes tamaños, afinidades tejidas con hebras de silencio y complicidad. Lluvia de olores. Recuerdos.
Trucos de magia por doquier. Milagros providenciales y milagros cotidianos. Encuentros gratos; caminatas, paseos, escaladas a ciudades (in)visibles, a puertos de ultramar. Viajes cansadores y viajes descansados.
Amaneceres que no encuentren luz al abrir los ojos. Que sea de noche todavía en la tierra. Tardes repletas de nostalgia; su respectiva fuga de colores en el otoño, la oscuridad del invierno. Ojos que miren como faroles. Miradas luminosas.
Jornadas de larga duración. Sueños coloridos, decidores. Soñar dormidos y despiertos. Que la imaginación de la imaginación, al fin, alcance.
Buenas lecturas. Buen cine. Buena música. Buena compañía. Buenas conversaciones.
Passo dopo passo. Buen 2009, a todos.
Trucos de magia por doquier. Milagros providenciales y milagros cotidianos. Encuentros gratos; caminatas, paseos, escaladas a ciudades (in)visibles, a puertos de ultramar. Viajes cansadores y viajes descansados.
Amaneceres que no encuentren luz al abrir los ojos. Que sea de noche todavía en la tierra. Tardes repletas de nostalgia; su respectiva fuga de colores en el otoño, la oscuridad del invierno. Ojos que miren como faroles. Miradas luminosas.
Jornadas de larga duración. Sueños coloridos, decidores. Soñar dormidos y despiertos. Que la imaginación de la imaginación, al fin, alcance.
Buenas lecturas. Buen cine. Buena música. Buena compañía. Buenas conversaciones.
Passo dopo passo. Buen 2009, a todos.
domingo, diciembre 14, 2008
Última prueba
domingo, diciembre 14, 2008
Mañana rindo mi última prueba escrita de lo que viene a ser el quinto (y también último) año de la carrera.
No, todavía no hago balances. Sólo estoy saboreando este momento. ¡Si hasta me dieron ganas de estudiar para la prueba de comunitaria!!
Tenía que escribirlo. Vendría siendo como tomar una foto, habiendo esperado con (im)paciencia el momento de luz precisa, el encuadre perfecto. Tantas cosas.
domingo, diciembre 07, 2008
Tree of life
domingo, diciembre 07, 2008

A) El árbol de la vida no sostendría a nadie; al contrario, se sustentaría sobre una horda de (in)crédulos sin más oficio que el de mantenerse en pie cerca de su tronco. La inclinación de éste les produciría (a los incautos) una especie de admiración, como si estuviesen frente a la Torre de Pisa y no ante el vacilante tallo que realmente es.
B) Cerca del centro los espectadores observarían las ramas y sus bifurcaciones. Digamos, éstas se enroscarían intentando guardarse de las miradas multitudinarias de nosotros, los crédulos y los no tanto. Cada ondulación, grande o pequeña, seguiría la máxima: "frente a lo que sea, vuelva tercamente sobre su epicentro", tal como lo propondrá alguien en Principios Vitales para Árboles de la Vida, valga la redundancia, (2012), editorial Caducifolio Nuevo.
C) Más tarde, ya seguro de su guía, se presentaría en el árbol un crecimiento tipo bonsai. Lo que implica, probablemente, que el grado de importancia está en directa relación con la antigüedad, en desmedro del tamaño. Y ya puestos, si del bonsai surgiesen arrugas, tanto mejor pues eso demostraría su calidad de añejo... lo que provocaría ganas de beberlo, como si se tratase de un buen vino. Esto último, sin embargo, no podría asegurarlo.
D) Imagino que al árbol poco deben interesarle las Torres de Babel y de ahí su semejanza con la Torre de Pisa; nadie en su sano juicio podría alcanzar el suelo simplemente creciendo, en cambio sí podría, siendo el caso, inclinarse sobre sí como en una reverencia y tocarse la punta... del pie, en un gesto pleno de -¿cómo decirlo?- sincera humildad y necesario reconocimiento, dos elementos que nunca sobran en el Reino de los Suelos.
E) Mientras tanto, en las copas de este árbol, vivirían cien pájaros salidos de la cuenca de una mano que amenazaba jaula. Tal vez, en sus vidas pasadas, habrían formado parte del grupo de (in)crédulos. Sus cantos serían los de pechos henchidos de libertad, los de ojos que sólo pueden ver hacia arriba, al camino que queda por andar. ¿Y lo andado? Vendría siendo pretérito desperfecto, necesario olvido, recuerdo no añorado que yace en el fondo de un baúl sin fondo, caído para siempre en el irrecuperable hoyo negro de la historia.
F) A estas alturas o desventuras cabría preguntarse de qué vive este árbol, o más bien, cómo es que perdura. Sobre la extensión de sus raíces no podría asegurarse nada, pues nadie las ha visto y Julio Verne no alcanzó a narrarlo. Su viaje al centro de la tierra, desgraciadamente, no aportó evidencia empírica alguna sobre este tipo de asuntos, lo que confirma cuán pocas veces nos atrevemos a decir cosas realmente importantes. En fin; que siempre -menos mal- van quedando cosas por definir.
G) Pero lo que a usted y a mí podría interesarnos sobre este fenómeno es fundamental. Aunque yo no digo nada sobre esto. Ni siquiera se me ocurriría mencionarlo. Si la imaginación de la imaginación me alcanzase (como dijo don Gonzalo), simplemente cambiaría las letras por glifos y que se las arregle el resto como pueda. Es personal y es intransferible, como dice mi cuenta de ahorro del Banco Estado.
B) Cerca del centro los espectadores observarían las ramas y sus bifurcaciones. Digamos, éstas se enroscarían intentando guardarse de las miradas multitudinarias de nosotros, los crédulos y los no tanto. Cada ondulación, grande o pequeña, seguiría la máxima: "frente a lo que sea, vuelva tercamente sobre su epicentro", tal como lo propondrá alguien en Principios Vitales para Árboles de la Vida, valga la redundancia, (2012), editorial Caducifolio Nuevo.
C) Más tarde, ya seguro de su guía, se presentaría en el árbol un crecimiento tipo bonsai. Lo que implica, probablemente, que el grado de importancia está en directa relación con la antigüedad, en desmedro del tamaño. Y ya puestos, si del bonsai surgiesen arrugas, tanto mejor pues eso demostraría su calidad de añejo... lo que provocaría ganas de beberlo, como si se tratase de un buen vino. Esto último, sin embargo, no podría asegurarlo.
D) Imagino que al árbol poco deben interesarle las Torres de Babel y de ahí su semejanza con la Torre de Pisa; nadie en su sano juicio podría alcanzar el suelo simplemente creciendo, en cambio sí podría, siendo el caso, inclinarse sobre sí como en una reverencia y tocarse la punta... del pie, en un gesto pleno de -¿cómo decirlo?- sincera humildad y necesario reconocimiento, dos elementos que nunca sobran en el Reino de los Suelos.
E) Mientras tanto, en las copas de este árbol, vivirían cien pájaros salidos de la cuenca de una mano que amenazaba jaula. Tal vez, en sus vidas pasadas, habrían formado parte del grupo de (in)crédulos. Sus cantos serían los de pechos henchidos de libertad, los de ojos que sólo pueden ver hacia arriba, al camino que queda por andar. ¿Y lo andado? Vendría siendo pretérito desperfecto, necesario olvido, recuerdo no añorado que yace en el fondo de un baúl sin fondo, caído para siempre en el irrecuperable hoyo negro de la historia.
F) A estas alturas o desventuras cabría preguntarse de qué vive este árbol, o más bien, cómo es que perdura. Sobre la extensión de sus raíces no podría asegurarse nada, pues nadie las ha visto y Julio Verne no alcanzó a narrarlo. Su viaje al centro de la tierra, desgraciadamente, no aportó evidencia empírica alguna sobre este tipo de asuntos, lo que confirma cuán pocas veces nos atrevemos a decir cosas realmente importantes. En fin; que siempre -menos mal- van quedando cosas por definir.
G) Pero lo que a usted y a mí podría interesarnos sobre este fenómeno es fundamental. Aunque yo no digo nada sobre esto. Ni siquiera se me ocurriría mencionarlo. Si la imaginación de la imaginación me alcanzase (como dijo don Gonzalo), simplemente cambiaría las letras por glifos y que se las arregle el resto como pueda. Es personal y es intransferible, como dice mi cuenta de ahorro del Banco Estado.
miércoles, diciembre 03, 2008
Fotolenguaje
miércoles, diciembre 03, 2008
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